
La FundaciónLa Fundación
La verdad no siempre libera. A veces, destruye.Truth doesn't always set you free. Sometimes, it destroys.
Javier vive una existencia monótona hasta que se encuentra con una película en la que él es el protagonista, a pesar de no recordar haber sido actor. Los límites entre realidad y ficción comienzan a desdibujarse, llevándolo a cuestionarse si su vida realmente le pertenece.
Javier lives a monotonous existence until he comes across a film in which he is the lead, despite not remembering ever being an actor. The line between reality and fiction begins to blur, leading him to question whether his life truly belongs to him.
En su búsqueda por respuestas, Javier se enfrenta a un laberinto de conspiraciones y recuerdos fragmentados que lo llevan hasta La Fundación, una organización secreta dedicada a manipular la realidad. Mientras intenta descubrir la verdad, Javier se verá arrastrado a situaciones cada vez más desconcertantes, sin saber en quién confiar y enfrentándose a una realidad que parece diseñada solo para confundirlo.
In his search for answers, Javier confronts a labyrinth of conspiracies and fragmented memories that lead him to The Foundation, a secret organization dedicated to manipulating reality. As he attempts to uncover the truth, Javier finds himself drawn into increasingly baffling situations, unsure of whom to trust and facing a reality that seems designed solely to confuse him.
"La Fundación" es un thriller psicológico que explora los límites de la mente humana, el poder del engaño y la delgada línea entre la verdad y la manipulación. Acompaña a Javier en una travesía llena de giros inesperados, secretos oscuros y revelaciones perturbadoras que desafiarán la realidad misma.
"La Fundación" is a psychological thriller that explores the limits of the human mind, the power of deception, and the fine line between truth and manipulation. Join Javier on a journey filled with unexpected twists, dark secrets, and disturbing revelations that will challenge reality itself.
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Capítulo 1: "La película desconocida"
Javier tenía una vida tan ordinaria que parecía diseñada por alguien que jamás hubiera sentido la emoción del caos. A sus treinta y tantos, sus días transcurrían con una rutina tan regular que podría haberse sincronizado con un reloj. Vivía solo en un pequeño apartamento en una ciudad sin nombre, esa clase de ciudad que, aunque vibrante y ruidosa, se convertía en un desierto los fines de semana, cuando todos los locales cerraban temprano y las calles quedaban iluminadas solo por el reflejo anaranjado de los postes. No había una gran diferencia entre los lunes y los sábados en su vida.
Su única compañía era Bruno, su perro labrador de muchos años ya. Bruno, al igual que Javier, vivía a su ritmo, con un aire de contenta resignación a una vida tranquila. No había más que largas caminatas al parque, ocasionales juegos con una pelota de tenis que ya había perdido su rebote, y noches en el sofá, donde ambos compartían el silencio que a veces solo era interrumpido por los suspiros pesados del animal, o el zumbido del televisor. Javier, ligeramente fuera de forma, con algo más de barriga de lo que le gustaba admitir, solía culpar a sus largas horas en la oficina y las noches de televisión en el sofá por su falta de energía y su estado físico en declive.
Esa noche no fue diferente de otras. Javier llegó a casa a las siete, tras haber trabajado horas extras en la oficina. Su trabajo como administrativo en una empresa de logística no era exigente ni emocionante, pero pagaba las cuentas y le permitía mantenerse ocupado. Pura burocracia. Cocinó una cena ligera y se dejó caer en el sofá, encendiendo el televisor casi por inercia. Bruno, fiel como siempre, se tumbó a su lado, apoyando la cabeza sobre su regazo.
Pasó sin interés por varias series y películas. Ningún título parecía captar su atención, hasta que un nombre peculiar apareció en la lista: “Sin Título (2015)”. El título era tan básico que resultaba intrigante. Javier, sin más que hacer, decidió darle una oportunidad. El cursor titiló unos segundos antes de que la película comenzara.
Las primeras imágenes mostraban a un hombre joven caminando por una ciudad luminosa. Las calles brillaban con el resplandor de las luces nocturnas y la música enérgica de fondo le dio al ambiente un aire casi festivo. El hombre se movía con agilidad, su paso rápido y seguro, su expresión alegre y despreocupada. Vestía de manera casual, con ropa moderna y deportiva, y al poco tiempo se vio envuelto en una conversación animada con un grupo de amigos en una terraza de café. El hombre reía, hacía bromas, y tenía una actitud jovial, a la que Javier de cierta manera envidió por un instante.
Javier frunció el ceño. Había algo extraño en la forma en que el hombre se movía, en la manera en que su cuerpo parecía comportarse, como si cada gesto, cada tic fuera reconocible. No le prestó demasiada atención al principio, pero conforme la cámara se acercó al rostro del hombre, un escalofrío recorrió su columna.
El hombre en la pantalla era él.
No era un parecido casual. El hombre que coqueteaba con la vida, con la mandíbula apretada y los ojos llenos de energía, tenía el mismo rostro, la misma complexión, incluso la misma forma de moverse que él. Javier se inclinó hacia adelante en el sofá, sus ojos fijos en la pantalla. Retrocedió unos segundos, pensando que quizás había sido un error, un juego de luces, o alguna técnica de efectos visuales. Pero no. Ahí estaba de nuevo, ese rostro familiar. Era él.
Javier sintió una mezcla de confusión y angustia. ¿Cómo era posible? Él nunca había grabado una película, ni mucho menos había tenido la capacidad física para realizar esas escenas de acción. Ni siquiera recordaba haber corrido tanto en su vida. La pantalla mostraba una versión de sí mismo que nunca había existido, una imagen de lo que podría haber sido si hubiera seguido otro camino. El yo de la película no solo era físicamente ágil, sino que también parecía estar viviendo una vida mucho más emocionante y satisfactoria.
El personaje en la pantalla continuaba mostrando una asombrosa destreza. Ahora estaba en medio de una persecución a pie, evadiendo a dos tipos que lo seguían por un callejón estrecho. Los movimientos eran rápidos y precisos, como si hubiera entrenado durante años para una secuencia de acción. Javier, aún incrédulo, seguía mirando la pantalla, sintiendo un nudo formarse en su estómago. ¿Cuándo había hecho todo eso? ¿Cómo era posible que no lo recordara?
Pero había algo más que le inquietaba: no solo se trataba de la acción o el hecho de que el personaje fuera tan capaz físicamente. Los lugares donde se desarrollaban las escenas también le resultaban sospechosamente familiares. La plaza, el café, incluso el parque donde el protagonista había hecho maromas se parecía mucho a lugares por los que él solía pasar en su vida diaria. No eran réplicas exactas, pero había una resonancia incómoda en los paisajes urbanos de la película. Era como si esos lugares fueran versiones idealizadas de su propia ciudad.
La escena cambió de nuevo. Ahora el personaje, su yo ficticio, estaba sentado en una azotea con vistas a la ciudad, charlando de manera despreocupada con la mujer que había conocido en una fiesta momentos antes. Javier sintió un escalofrío. Conocía a esa mujer. No podía ubicar exactamente de dónde, pero su rostro le resultaba muy familiar. Algo en la manera en que sonreía y ladeaba la cabeza mientras hablaba resonaba en sus recuerdos.
Antes de que pudiera procesar lo que estaba viendo, el protagonista se levantó de un salto y, en un movimiento fluido, tomó la mano de la mujer y ambos corrieron hacia el borde de la azotea. Con una risa despreocupada, saltaron al vacío, pero en lugar de caer, aterrizaron de manera perfecta en un balcón unos metros más abajo, como si estuvieran ejecutando una coreografía perfectamente ensayada. Javier se llevó una mano a la boca, completamente asombrado. Eso no era él. O al menos, no la versión de él que conocía.
Se levantó del sofá, dejando la película correr mientras caminaba por la sala, intentando aclarar sus pensamientos. Sentía una creciente sensación de inquietud que no podía ignorar. ¿Era posible que hubiera grabado esta película y, de alguna manera, lo hubiera olvidado? ¿Podría haber sufrido un episodio de amnesia temporal? Pero no recordaba ningún accidente, ninguna razón que justificara un vacío de memoria.
El sonido de Bruno moviéndose en su cama lo sacó de sus pensamientos. El perro levantó la cabeza, mirándolo con curiosidad, como si también percibiera la inquietud en el ambiente. Javier se sentó nuevamente, mirando la pantalla, mientras la película avanzaba hacia su desenlace. Javier se acercó al televisor. ¿Qué estaba pasando? Sus pensamientos se entrelazaban sin orden, buscaba explicaciones lógicas: ¿Era un truco visual? ¿Una manipulación digital? ¿Cómo era posible que una versión de él, más joven, más fuerte y feliz, estuviera protagonizando una película que jamás recordaba haber hecho? Sin embargo, antes de que pudiera encontrar respuestas, su cabeza comenzó a doler. Sentía el pulso en sus sienes y una sensación de vértigo le invadió. No podía seguir viéndola. Era demasiado.
Javier apagó el televisor de golpe, pero su mente seguía procesando lo que acababa de presenciar. El latido sordo en sus sienes le recordaba que algo no cuadraba, que lo que acababa de ver no podía ser real. Se quedó sentado en la oscuridad, mirando sin ver, mientras el sonido amortiguado del tráfico nocturno resonaba a lo lejos. Bruno, que hasta ese momento había estado sumido en un sueño profundo, levantó la cabeza y lo observó, con ese aire de curiosidad tranquila que solo los perros pueden tener.
Javier se pasó una mano por el rostro. El aire pesado de la habitación no lo ayudaba a pensar. "Esto no tiene sentido", murmuró para sí. La versión de sí mismo en la pantalla era demasiado joven, demasiado ágil. La alegría que irradiaba aquel personaje, la energía, los movimientos... Todo era un contraste violento con su realidad. No podía haberse imaginado todo aquello. Era imposible. Tenía que haber una explicación lógica. Y si había una respuesta, la encontraría.
Con el impulso de quien se aferra a la necesidad de una verdad concreta, se levantó y encendió su computadora portátil. El zumbido del ventilador al iniciarse rompió el silencio del apartamento. Mientras la pantalla se encendía, Javier tamborileaba los dedos sobre la mesa, tratando de recordar detalles precisos de la película. Cada escena le parecía ahora un fragmento de algo mucho más grande, pero incompleto, como si las piezas estuvieran ahí, pero ninguna encajara del todo.
Empezó por lo obvio: su nombre. Tecleó "Javier Montalvo película" en el buscador, esperando que, si realmente había protagonizado una película, algo apareciera. Pero lo único que recibió fueron cientos de resultados de personas comunes con su mismo nombre: perfiles de redes sociales, noticias locales, algún que otro periodista o escritor con el mismo apellido. Nada útil. Ajustó los términos de la búsqueda, añadiendo palabras como "actor", "filmografía", y "2015", el supuesto año de la película.
Nada. No había rastro de que hubiera existido alguna vez como actor. Ni un simple cortometraje o una aparición esporádica. Y mucho menos una película de acción en la que él, un administrativo común y corriente, se veía ejecutando acrobacias imposibles.
Javier suspiró con frustración. "Tiene que haber algo", se dijo, aunque una parte de él comenzaba a preguntarse si había caído en una especie de trampa mental, una ilusión. Quizás todo era una especie de broma elaborada, aunque no podía imaginar quién estaría detrás o por qué alguien haría algo así. Sin embargo, la sensación de realidad de la película seguía clavada en su mente.
Intentó otra búsqueda, esta vez centrada en el título que había visto en la lista del televisor: "Sin Título (2015)". Pero las palabras eran tan genéricas que las respuestas del buscador no ofrecían nada relevante. Artículos sobre películas experimentales, críticas de proyectos estudiantiles sin nombre, e incluso blogs personales que no tenían absolutamente nada que ver con lo que él había visto. No había información sobre esa película en particular, como si nunca hubiera existido.
Las manos de Javier comenzaron a temblar ligeramente mientras tecleaba más rápido, más desesperado. Volvió a pensar en los detalles de la trama, en los rostros que había visto, en esa mujer cuya sonrisa le resultaba tan familiar. ¿Quién era ella? ¿Dónde la había visto antes?
Tecleó "actriz película 2015", pero los resultados fueron tan vagos y variados que no ofrecieron ningún camino claro. Ajustó de nuevo la búsqueda, probando combinaciones absurdas de palabras clave: "protagonista similar a mí", "doble en película de acción", "película de acción hombre saltando azotea". Nada tenía sentido. Mientras más buscaba, más se hundía en una maraña de resultados irrelevantes que no le daban ninguna pista útil.
Pasó horas leyendo teorías conspirativas sobre actores desconocidos y dobles de cuerpo, artículos sobre gente corriente descubriendo fotos antiguas donde aparecían personas idénticas a ellos, pero todo parecía ridículo. Javier no podía aceptar que su única explicación fuera una broma o un fenómeno inexplicable. Pero la falta de respuestas empezaba a erosionar su calma.
Se dejó caer en la silla, agotado, mirando la pantalla. Había algo ahí, lo sabía. Sentía que esa película era importante, que no podía dejarlo pasar. Pero ¿qué era? Cerró los ojos por un momento, tratando de recordar algún detalle más. La persecución. El parque. La azotea. Todos esos lugares se le antojaban tan cercanos, tan familiares. Como si los hubiera visto antes, pero en una versión levemente distorsionada de su realidad cotidiana. Pero no podía recordar nada. Su memoria era una hoja en blanco. Ningún detalle surgía, ninguna chispa de reconocimiento más allá de la extraña familiaridad.
Soltó un suspiro y se frotó los ojos. Estaba agotado, tanto física como mentalmente. Y, sin embargo, sabía que no podría dormir esa noche. La idea de que en algún rincón de su pasado algo había sido borrado, escondido o alterado le rondaba la cabeza. No podía dejarlo ir. Miró la hora en la esquina de la pantalla: 3:12 AM. "Esto no va a ningún lado", se dijo, pero no podía despegarse de la silla. En su interior, algo le decía que debía seguir buscando. Que había una respuesta ahí afuera, esperando ser descubierta, por más que en ese momento todo pareciera una locura.
Finalmente, cerró la computadora y se quedó en silencio, mirando la pantalla apagada del televisor. El reflejo oscuro de su rostro lo miraba de vuelta, como si fuera una sombra de sí mismo. Una versión desconocida, oculta en algún rincón de su memoria, esperando ser descubierta.
Se dejó vencer y se tiró en la cama tratando de dormir. Las horas pasaron y el despertador sonó a las seis en punto, pero Javier ya estaba despierto desde hacía rato. Apenas había dormido aquella noche. Su mente no dejaba de volver a la película, una y otra vez, repasando cada detalle que lograba recordar. En su búsqueda implacable en Internet no había encontrado nada. Ninguna referencia a la película, ningún nombre de actor o personaje que coincidiera con lo que había visto. Incluso había buscado su propio nombre varias veces, con la vana esperanza de que algo relevante apareciera en los resultados. Pero no había nada. No había rastros de la vida que había visto en pantalla, ninguna pista de cómo todo aquello había llegado a existir.
Javier se levantó de la cama con la misma pesadez con la que había caído sobre ella horas antes. Bruno, fiel como siempre, se acercó a él para recibir su caricia matutina, pero Javier apenas le prestó atención. Su mente estaba atrapada en un bucle de confusión y duda.
Llegó a la oficina, como todos los días, pero algo era diferente. El aire dentro del edificio parecía más denso, como si cada paso que daba lo llevara más profundo en una bruma. Caminó hacia su escritorio en silencio, sin siquiera saludar a sus compañeros de trabajo como solía hacer. Su mente estaba en otro lugar, repasando una y otra vez las imágenes de la película. Los rostros, los lugares, los movimientos... todo lo que le era familiar, pero de alguna forma ajeno.
Al sentarse en su escritorio, intentó concentrarse en las tareas del día, pero fue inútil. Los informes de inventario y las facturas que debía revisar se amontonaban frente a él como una barrera imposible de escalar. Las letras en la pantalla de su computadora parecían difusas, y su mente se negaba a enfocarse en lo que debía hacer. Sus manos se movían torpemente sobre el teclado, cometiendo errores que luego borraba con frustración.
—¿Estás bien? —preguntó Marta, una compañera del departamento, al pasar por su lado.
Javier levantó la vista, parpadeando como si hubiera sido arrancado de un sueño.
—Sí, solo... estoy algo cansado —respondió, intentando sonar casual.
Marta lo miró con cierta duda antes de continuar con su camino. Javier trató de volver al trabajo, pero su cabeza daba vueltas. Las imágenes de la película, la acción, los rostros familiares, seguían flotando en su mente, difuminando la línea entre lo real y lo irreal.
Entonces, mientras intentaba abrir un archivo, escuchó algo que lo detuvo en seco.
—No sé cómo hizo para conseguir el trabajo —dijo una voz al otro lado de la sala.
Era Mario, uno de sus compañeros de trabajo, y aunque la frase no iba dirigida a él, Javier la escuchó con claridad. La voz de Mario era baja, en un tono casi de confidencia, y Javier supo al instante que no debía haberla oído. Su corazón comenzó a latir con fuerza. Se giró lentamente, fingiendo revisar algo en su escritorio, mientras trataba de identificar con quién estaba hablando Mario.
—Es que nunca parece saber lo que está haciendo, ¿no? —añadió Mario, con una leve risa nerviosa.
El comentario lo golpeó como un balde de agua fría. Javier sabía que no era el empleado más eficiente ni el más rápido, pero nunca había pensado que sus compañeros lo vieran de esa manera. Se quedó quieto, intentando ignorar la sensación de incomodidad que crecía dentro de él.
"¿Cómo conseguí este trabajo?", se preguntó de repente. La frase de Mario no se despegaba de su mente. ¿Cómo había llegado a estar ahí, en esa oficina, haciendo ese trabajo? Sabía que era una pregunta ridícula. Él mismo había enviado su currículum, había hecho la entrevista, lo había conseguido por sus propios méritos... ¿o no?
Una nueva duda se instaló en su cabeza, como una semilla que comenzaba a germinar. "¿Y si mi vida no es mi vida?" Pensar eso le hizo sentir un escalofrío recorrer su espalda. Su vida, su rutina, su trabajo, todo había parecido siempre tan ordinario, tan... predeterminado. Pero ahora, después de haber visto esa película y escuchar ese comentario, algo dentro de él comenzó a cuestionar todo lo que daba por sentado.
Miró a su alrededor. Los compañeros seguían con sus tareas, moviéndose con la misma monotonía de siempre, ajenos a la tormenta que se formaba en su interior. El mundo a su alrededor seguía siendo el mismo, pero Javier sentía que estaba empezando a resquebrajarse. Algo no cuadraba. Algo en su vida no encajaba del todo. Y cuanto más pensaba en ello, más le asfixiaba la sensación de que había estado viviendo una existencia que no le pertenecía del todo.
"¿Qué está pasando conmigo?", pensó, mientras una creciente ansiedad se apoderaba de él.
Se levantó bruscamente de su escritorio, ignorando las miradas curiosas de sus compañeros, y se dirigió al baño. Necesitaba un momento a solas, un espacio para pensar sin distracciones. Al entrar, se miró en el espejo, apoyando ambas manos en el borde del lavabo, y respiró hondo.
El rostro que vio reflejado era el mismo de siempre, pero algo en su expresión había cambiado. Sus ojos estaban llenos de incertidumbre, de un temor profundo que no había sentido antes. No sabía qué estaba pasando, pero en el fondo de su mente, la idea de que su vida no era realmente suya comenzaba a echar raíces.
Javier cerró los ojos, tratando de calmarse. Pero la realidad era que no podía seguir ignorando lo que había visto, lo que había escuchado. Tenía que descubrir la verdad, aunque eso significara enfrentar una realidad que no quería aceptar.
El día había sido largo, lleno de errores y confusión. La sensación de que algo estaba fundamentalmente mal en su vida pesaba sobre Javier. Las palabras de su compañero en la oficina —"No sé cómo hizo para conseguir el trabajo"— seguían resonando en su cabeza. ¿Realmente su vida era tan frágil, tan ajena a él mismo?
Al salir del trabajo, decidió pasar por su cafetería habitual. Era una rutina que mantenía con fidelidad: comprar café y llevarle a Bruno algunos bagels que no se vendían, como una pequeña recompensa para ambos después de un día interminable. La cafetería estaba tranquila, el sol se estaba poniendo, llenando el lugar con una luz cálida y melancólica.
Javier entró y saludó a la barista con una sonrisa distraída antes de hacer su pedido habitual. Mientras esperaba, notó a un hombre mayor en la fila. Un señor en sus sesenta y tantos, de cabello canoso y manos que temblaban ligeramente al sostener su taza. Cuando el hombre intentó recoger su café del mostrador, la taza resbaló de sus dedos y el líquido caliente se derramó por todo el mostrador.
—¡Oh! Lo siento mucho —dijo el hombre, claramente nervioso, mientras intentaba limpiar el desastre con manos temblorosas.
Javier, por puro instinto, se acercó para ayudarlo.
—No se preocupe —dijo, tomando una servilleta para limpiar el mostrador—. Permítame, yo lo invito a otro café.
El anciano lo miró, sorprendido por el gesto.
—Gracias, joven. De verdad, no tenía que hacerlo. A veces mis manos me fallan —respondió el hombre con una sonrisa amable, aunque algo melancólica. Javier pagó el café y ambos se sentaron en una mesa junto a la ventana. El anciano, con aire de cansancio, bebió un sorbo, agradecido por la compañía. Javier se preparó para irse pronto, pero algo en la mirada del hombre lo retuvo. Había una tristeza profunda en sus ojos, una historia sin contar.
—Es raro —comenzó el anciano—. Solía ir a una cafetería como esta con mi esposa... Hace años, cuando éramos jóvenes, este tipo de cosas no pasaban. Mis manos no temblaban, y ella siempre bromeaba diciendo que yo era su roca. —Se detuvo un momento, sus ojos vidriosos por el recuerdo—. Hemos pasado más de cuarenta años juntos, ¿sabe? Cuatro décadas de compartirlo todo. Y ahora… ahora ella está enferma. Muy enferma. La estoy perdiendo poco a poco.
Javier notó que el hombre apretaba la taza como si tratara de aferrarse a algo más grande que el objeto en sus manos.
—Debe ser muy difícil —respondió Javier, sintiendo una conexión emocional creciente hacia aquel desconocido.
El anciano asintió, con los ojos perdidos en un punto lejano.
—Lo es. Ella ha sido mi compañera, mi mejor amiga. Enfrentamos la vida juntos, y siempre encontramos una forma de salir adelante. Incluso en los momentos más oscuros. Pero esto… —su voz se quebró ligeramente—. Esto no tiene salida. Ella está sufriendo, y lo único que quiere ahora es despedirse de alguien que nunca debería haberse alejado de nosotros. No sé cómo decirle que quizá sea demasiado tarde.
El silencio entre ellos era pesado, lleno de significados ocultos. Javier se sintió atrapado por las palabras del hombre, por el dolor evidente que cargaba. Había algo en la manera en que hablaba de su esposa que resonaba en él, una familiaridad inexplicable.
—A veces —continuó el anciano—, uno toma decisiones pensando que son lo mejor, pero con el tiempo... te das cuenta de que esas decisiones te rompen por dentro. No es fácil vivir con eso. Mi esposa, incluso en su estado actual, solo tiene un deseo: ver a su hijo una vez más antes de irse.
Javier sintió un nudo en el estómago. Había algo en aquellas palabras que le resultaba incómodamente cercano, pero no podía precisar si era por las palabras o todos los sucesos del último día aún rondando en su cabeza.
—¿Su hijo? —preguntó con cautela.
El anciano asintió, mirando a Javier directamente a los ojos por primera vez desde que se sentaron.
—Sí, nuestro hijo. Ella lo ha extrañado todos estos años, y aunque hicimos un juramento de no buscarlo... ahora que se le acaba el tiempo, no puedo quedarme callado.
El anciano hizo una pausa, su mirada penetrante. El silencio en la cafetería parecía haber alcanzado un nivel insoportable.
—Javier —dijo el anciano, su voz suave pero firme—, es tu madre.
Javier sintió como si el suelo bajo sus pies se hubiera desvanecido. El aire en la habitación parecía volverse denso, difícil de respirar. Se quedó paralizado, tratando de procesar lo que acababa de escuchar.
El anciano permanecía sentado frente a él, su mirada era una mezcla de tristeza y esperanza. El silencio entre ellos ya no era solo incómodo, era el preludio de una verdad devastadora.

