
El Pueblo PerdidoEl Pueblo Perdido
Una historia que desafía los límites del miedo y la realidad.A story that defies the boundaries of fear and reality.
En el tranquilo y remoto Valle Alto, una tormenta desata algo que el tiempo había olvidado. Lo que comienza como una noche de apariciones y sombras en un hospital rural pronto se convierte en una travesía hacia un horror insondable, donde los límites entre lo humano y lo cósmico se desdibujan.
In the quiet, remote Valle Alto, a storm unleashes something time had forgotten. What begins as a night of apparitions and shadows in a rural hospital soon turns into a journey into unfathomable horror, where the boundaries between the human and the cosmic blur.
Cuando un extraño llega con un frasco que parece contener más que un simple líquido, los habitantes del pueblo se ven arrastrados hacia una serie de eventos que despiertan los secretos enterrados de su tierra. En el hospital, demonios internos y externos atormentan a sus ocupantes en una pesadilla de sangre y desesperación.
When a stranger arrives with a jar that seems to contain more than just a simple liquid, the townspeople are drawn into a series of events that awaken the buried secrets of their land. Inside the hospital, internal and external demons torment the occupants in a nightmare of blood and despair.
Semanas después, un equipo de investigadores encuentra un pueblo deshabitado, cuerpos marcados por símbolos inexplicables, y un vacío que consume todo. Sus hallazgos los conducen a un portal hacia una dimensión donde no existen el tiempo ni las reglas, y donde las almas perdidas del pueblo esperan.
Weeks later, a team of researchers discovers an uninhabited village, bodies marked by inexplicable symbols, and a void that consumes everything. Their findings lead them to a portal to a dimension where neither time nor rules exist, and where the lost souls of the village await.
"El Pueblo Perdido" es una exploración de la fragilidad humana frente a lo desconocido, un viaje a través de la paranoia, el sacrificio y el infinito vacío que amenaza con tragarnos a todos. Atrévete a descubrir el destino de un pueblo y sus habitantes, pero ten cuidado… algunas puertas, una vez abiertas, nunca se vuelven a cerrar.
"El Pueblo Perdido" is an exploration of human fragility in the face of the unknown—a journey through paranoia, sacrifice, and the infinite void that threatens to swallow us all. Dare to discover the fate of a town and its inhabitants, but beware... some doors, once opened, can never be closed again.
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Prólogo: El reflejo oscuro de las historias de terror En los rincones más oscuros de nuestra imaginación, allí donde habitan las sombras que nunca logramos desterrar, nacen las historias de terror. Son un eco de nuestras propias angustias, un espejo deformado que proyecta nuestros miedos más profundos. Y, sin embargo, estas historias no solo nos inquietan, también nos liberan. Nos permiten, por un breve instante, caminar por un abismo sin fondo, enfrentar monstruos imposibles, y regresar a la realidad más aliviados, con la certeza de que lo real, aunque a veces cruel, es un refugio de calma. El terror, en su esencia más pura, no siempre necesita justificar su existencia. A menudo, su propósito no es otro que recordarnos lo frágiles que somos, lo incierto que puede ser el mundo, y cuán irreversibles son las decisiones tomadas bajo la presión de lo incomprensible. En este universo de sombras y misterios, los personajes no siempre merecen su destino, pero su sufrimiento es un vehículo necesario. Son los sacrificios que la historia exige, las piezas que permiten que la maquinaria del horror avance hacia su inexorable conclusión.
Esta obra, El Pueblo Perdido, no es una excepción. Aquí, un lugar aparentemente tranquilo se convierte en un teatro de lo inexplicable, un espejo oscuro donde los protagonistas son arrastrados a los límites de su cordura y más allá. Los ecos de su angustia resuenan como advertencias para nosotros, los lectores, quienes, desde la seguridad de nuestras páginas, podemos vivir sus terrores sin enfrentarlos realmente.
Porque en la calma de nuestras vidas diarias, estas historias son esenciales. Nos recuerdan que, incluso en un mundo sosegado, el horror tiene su lugar. Y tal vez, al enfrentarnos a estos relatos, encontramos una manera de dejar atrás nuestras propias ansiedades, entregándolas a un mundo ficticio que, aunque oscuro, siempre queda atrás al cerrar el libro.
El Pueblo Perdido es esa travesía. Una invitación a caminar por el borde del abismo y, con suerte, regresar para contarlo.
Capítulo 1: El Hospital
El sol iluminaba los techos de dos estructuras viejas de ladrillo, bloques de cemento y planchas de zinc, que apenas podían pasar por edificios. Aunque muchos en la provincia se referían a ellas como un hospital, lo cierto era que no era más que una clínica rudimentaria, destinada a atender casos leves de gripes o, en el mejor de los casos, alguna fractura ocasional. La aparición del sol era un fenómeno extraño en esa época del año, ya que solían predominar las lluvias. Sin embargo, en esta ocasión, el agua había tardado más de lo previsto, y los campos alrededor de los edificios se secaban cada día un poco más.
La sequía se reflejaba en el polvo suspendido en el aire, cubriendo todo con una capa grisácea que hacía parecer sucias las casas, los autos, las calles y hasta las personas. Aquella sensación de abandono se mezclaba con una agonía latente, generando un ambiente de opresión que se sentía en cada rincón del pueblo. No era raro escuchar a los ancianos y los más creyentes murmurar que aquel mal tiempo era obra de algún demonio, un mal de ojo, o incluso del mismo Satanás.
Dentro del hospital, el clima no era mucho mejor. Una atmósfera densa de pesimismo impregnaba los pasillos, donde cualquier mirada podía desencadenar un estallido de ira contenida. Aquel lugar, aunque viejo y a menudo maloliente, tenía capacidad para albergar a doscientas personas al mismo tiempo. Sin embargo, para llenarlo, sería necesario que todo el pueblo enfermara, incluidos los propios empleados, y aun así sobrarían camas. Jamás se había alcanzado tal ocupación, aunque las historias abundaban, como en todo pueblo pequeño. Cuentos que hacían del hospital un protagonista siniestro, un antagonista silencioso, o incluso un escenario secundario de tragedias donde las verdades se entremezclaban con leyendas de que el mal habitaba sus muros.
El hospital no siempre fue lo que era. Había sido construido hacía unos noventa años por el monseñor Ruiz, quien ordenó levantar el primer edificio como iglesia y refugio para la temporada de lluvias. Durante cuarenta y dos años cumplió su propósito, hasta la muerte del monseñor. Posteriormente, el edificio fue transformado en la escuela del pueblo, donde funcionó por diecisiete años más hasta la llegada de la plaga. Hace cuarenta años, una epidemia de sarampión devastó el lugar, infectando a la mayoría de los niños que asistían a clases. De los infectados, solo una niña sobrevivió. La falta de medicamentos, la debilidad de los cuerpos jóvenes y la carencia de un hospital adecuado provocaron que más del ochenta por ciento de los niños del pueblo falleciera. Desde entonces, la escuela se convirtió en el hospital que ahora todos conocían.
Esa noche, el hospital albergaba solo a un puñado de personas. Los pacientes sufrían principalmente problemas respiratorios debido al polvo, deshidrataciones o alguna afección leve. Entre ellos estaba Carmencita, quien, a pesar de ser la única sobreviviente de la tragedia de hace cuatro décadas, nunca evitó el lugar. Enfermó de lo que parecía ser una simple infección nasal, y el médico, temeroso de correr riesgos con tan peculiar figura, decidió dejarla en observación. A pesar de contar con camas y personal suficientes, la dinámica del lugar seguía siendo caótica, como en cualquier ambulatorio de pueblo.
En horas tempranas de la tarde, un forastero llegó tambaleándose al hospital. Era un hombre de unos cincuenta años, desconocido para todos. Con el rostro pálido y una mano sobre el abdomen, logró apenas cruzar la puerta mientras pedía ayuda. Murmuró algo entre balbuceos, pero la recepcionista solo logró captar dos palabras: "no abrir". Ignoraron sus palabras, atribuyéndolas al dolor. Lo llevaron rápidamente a la sala de operaciones, donde el médico lo evaluó. En sus pertenencias, el enfermero González encontró un objeto inusual: un frasco gris, pesado como una bola de bolos, sin etiquetas ni tapa. No había ropa ni teléfono, solo aquel enigmático frasco.
En el silencio sepulcral de la tarde, solo se escuchaba el canto de algunas aves que se aproximaban a anidar. Desde afuera del hospital
ya se veían luces encendidas, pero no se escuchaba ni un solo lamento, quejido, ni llamada de auxilio. Muchas de las ventanas del hospital permanecían abiertas, ya que el clima no invitaba a soportar el calor encerrado. De repente, el silencio fue interrumpido por un fuerte trueno que anunció la llegada de la tan esperada lluvia. Tras la primera gota, la lluvia se volvió torrencial. Algunos de los pacientes se apresuraban a cerrar las ventanas, mientras que otros aprovechaban para mirar la lluvia caer. Sus labios esbozaban una sonrisa porque sabían que el agua estaba allí para lavar las heridas del pueblo, y que, en el peor de los casos, podría provocar una inundación; sin embargo, ellos ya estaban en el lugar más seguro del pueblo, aquel viejo hospital, construido originalmente con el propósito de servir de refugio en caso de inundación.
Ánimos encontrados recorrían los pasillos del hospital. Por un lado, los pacientes, que también eran habitantes de aquel viejo pueblo, se regocijaban con la lluvia que finalmente había llegado para bañar las cosechas. Por otro, el personal del hospital y los pacientes más prudentes se lamentaban por lo sucedido durante la tarde. El extraño que había llegado con dolor abdominal resultó tener una vesícula inflamada y, aunque el médico hizo todo lo posible, al final el hombre murió en el quirófano. No era común que alguien muriera en el hospital si no era por avanzada edad, y en un pueblo pequeño como aquel, todos los sucesos impactaban de alguna forma a sus habitantes. Pero más que su muerte, lo que pesaba sobre el pueblo era la vida de aquel hombre. ¿Quién era?, ¿por qué vino a morir a aquel viejo hospital?, ¿habría alguien esperándolo? El personal revisó sus pertenencias sin encontrar nada esclarecedor; solo una identificación de conducir que indicaba que se llamaba Juan Valverde y que era de un pueblo a unas tres horas en automóvil, lo cual solo aumentaba las dudas. ¿Qué hacía tan lejos de su casa? Su maletín contenía únicamente un frasco gris, más pesado que una bola de bolos, sin etiquetas ni tapa. No había ropa ni teléfono. La policía del pueblo verificó la matrícula del vehículo, encontrando la misma información que figuraba en su identificación de conducir. Era como si aquel hombre hubiera llegado allí solo para morir, sin dejar rastro de su vida. Sin mayor demora, llevaron el cadáver hasta un
pequeño cuarto que usaban como morgue, lo cierto era que estaba muy lejos de serlo.
El atardecer transcurría como cualquier otro en el hospital. Los pacientes se quejaban de dolor, pero no había emergencias que pusieran al personal a correr de un lado a otro. Había una atmósfera extrañamente tranquila, algo inquietante tratándose de un hospital. Era la calma antes de la tormenta. La noche ni siquiera había caído por completo cuando los sucesos comenzaron a ocurrir. La habitación 206, donde estaba Carmencita, fue el escenario del inicio de una pesadilla que nadie olvidaría.
En el mostrador del segundo piso, el pitido de emergencia rompió la tranquilidad, y varios enfermeros, junto con uno de los doctores de turno, corrieron hacia la habitación. Al llegar, sus miradas se congelaron ante lo que presenciaban. La habitación estaba completamente a oscuras, a pesar de que la ventana, hecha de cristal, debería permitir la entrada de los últimos destellos de luz del exterior. Era como si la oscuridad misma se hubiera tragado toda la claridad. Una penumbra densa y palpable llenaba el lugar, dejando ver solo las siluetas borrosas de los muebles.
Uno de los enfermeros intentó encender la luz, pero el interruptor no respondió. La luz del pasillo apenas se filtraba, como si algo la bloquease. Un olor fétido, como de carne podrida, impregnaba el aire, haciendo que los enfermeros se llevaran las manos a la nariz. El médico, con el rostro tenso, sacó un encendedor y lo encendió. La pequeña llama titilante apenas lograba cortar la negrura, pero reveló una figura alta al pie de la cama. La sombra era tan alargada que su cabeza casi rozaba el techo. Un camisón blanco cubría el cuerpo entero de la figura, haciendo que se viera aún más antinatural. El médico se acercó, con cada paso escuchando el retumbar de su propio corazón, tratando de discernir lo que veía.
De repente, un relámpago iluminó la habitación, llenándola de una luz espectral por un breve segundo. La figura giró la cabeza hacia ellos, y unos ojos verdes brillaron intensamente en la oscuridad, ojos llenos de una ira sobrenatural, penetrante. Uno de los enfermeros
gritó y salió corriendo del cuarto, mientras los demás luchaban por mantener el control. La luz parpadeó violentamente y luego se encendió del todo, bañando la habitación en una claridad cegadora. Lo que vieron entonces los dejó sin aliento: no había un gigante a los pies de la cama, era Carmencita. Estaba suspendida en el aire, como si una mano invisible la sostuviera por encima del suelo. Su camisón flotaba a su alrededor, y sus ojos verdes, ahora serenos, miraban a los presentes con una calma inquietante. No parecía tener miedo; de hecho, parecía consciente, pero no decía una palabra. Otro estruendo ensordecedor de un rayo apagó la luz de nuevo. En un abrir y cerrar de ojos, volvió a encenderse, y la imagen había cambiado. Ahora Carmencita estaba sentada al borde de la cama, con su rostro habitual, sus ojos oscuros, tranquila y serena.
—¿Qué pasa? Parece que hubieran visto un fantasma —dijo Carmencita, mirando a los que seguían paralizados en la puerta de la habitación.
Los segundos pasaron como si fueran minutos, hasta que finalmente el enfermero y el médico lograron reaccionar. Se miraron entre sí, intentando encontrar algo de cordura en los ojos del otro, sin saber si lo que acababan de presenciar había sido real o una trampa de la imaginación. El médico se acercó lentamente a Carmencita y le preguntó cómo se sentía.
—Bien —respondió ella—, solo me cuesta un poco respirar por la nariz, pero estoy bien.
El enfermero se adelantó para explicarle lo que habían visto. Carmencita, al escuchar la historia del joven regordete, quien parecía estar a punto de desmayarse de lo pálido que estaba, soltó una sonrisa de oreja a oreja. No podía creer la historia del enfermero, y en su rostro había una expresión burlona, como si se estuviera divirtiendo con la situación. El médico le tomó los signos vitales y, para su sorpresa, todo estaba en perfecto estado. Salieron de la habitación sin más preguntas, sin comentar lo sucedido, intentando comprender lo que acababan de presenciar. Aquella imagen
persistía en sus mentes, anidando una sensación de terror profundo que ninguno de ellos se atrevería a expresar.
En el exterior, la noche ya había caído, pero aún no lo suficiente como para que los animales nocturnos comenzaran su sinfonía. La lluvia seguía siendo leve, una cortina tenue que caía incesantemente desde el cielo, y el aroma a tierra mojada se filtraba por las ventanas abiertas del hospital. En el interior, las luces seguían encendidas, iluminando los pasillos como si la oscuridad misma estuviera esperando para entrar. En el primer piso, un enfermero caminaba desde la torre oeste hacia la torre este, cuando algo en el suelo llamó su atención.
Un montón de sábanas estaban tiradas en el pasillo. Al principio no parecía más que una pila de ropa descuidada, pero cuando se acercó, notó un leve movimiento debajo de las sábanas, algo que se agitaba de manera lenta, como si respirara. Al levantar las sábanas, se encontró con un niño. Lo reconoció de inmediato: era Jaime, de la habitación 122, un niño de ocho años que estaba internado por una caída desde un árbol que le había provocado una contusión y una fractura en la muñeca. Sin embargo, había algo diferente en él. Sus ojos, normalmente vivaces, ahora estaban amarillentos y apagados, y su mirada parecía vacía. Jaime se balanceaba hacia adelante y hacia atrás, como si estuviera atrapado en una especie de trance.
—Jaime —dijo el enfermero, tratando de captar su atención.
El niño lo miró, pero su mirada atravesaba al enfermero como si no pudiera verlo realmente. Seguía con su movimiento hipnótico. Sin pensarlo más, el enfermero lo tomó en brazos, sintiendo cómo el cuerpo del niño estaba más frío de lo que debería estar. Mientras lo llevaba de vuelta a su habitación, Jaime se inclinó hacia su oído y le susurró, casi sin aliento:
—Estamos muertos.
Un escalofrío recorrió la espina dorsal del enfermero. Intentó ignorar las palabras del niño, atribuyéndolas al delirio, y lo depositó en su cama. Luego llamó rápidamente al médico. El doctor que había
presenciado la escena en la habitación de Carmencita llegó para revisarlo. Levantó las sábanas y auscultó al niño, buscando alguna anomalía. Jaime tomó una profunda bocanada de aire y la soltó en un suspiro largo y pesado, cerrando los ojos lentamente. Parecía que se había quedado dormido. El médico revisó los signos vitales; todo parecía normal. Le conectaron al oxígeno y, sin poder explicar lo que estaba pasando, pidió una resonancia magnética. Mientras llevaban a Jaime para realizarle la prueba, el enfermero no podía dejar de pensar en aquellas palabras: "Estamos muertos". Sentía que una helada inexplicable se había instalado en su cuerpo, algo que nunca había experimentado en sus diez años de servicio.
No pasó mucho tiempo antes de que una nueva alarma rompiera el inquietante silencio. Esta vez, era la habitación 211. Le tocó al otro médico de turno, la doctora Gracia, quien había llegado al pueblo hacía diecisiete años y había decidido quedarse después de terminar su residencia. Al acercarse, el sonido estruendoso de un televisor sin señal se escuchaba por el pasillo, un ruido áspero y perturbador que se colaba por todas partes. Al entrar a la habitación, la doctora vio a Damián Paredes, un paciente internado por deshidratación, mirando fijamente la pantalla del televisor. Su rostro tenía una sonrisa torcida y extraña, mientras su cabeza se movía de un lado a otro, como si jugara frente a un espejo.
Gracia se detuvo en la puerta, observando la escena por un momento. Damián no parecía notar su presencia. Seguía absorto, con la mirada fija en la pantalla parpadeante. La doctora avanzó hacia el control remoto y apagó el televisor. Damián dejó de mover la cabeza, pero la sonrisa seguía plasmada en su rostro. Gracia lo llamó por su nombre, pero él no respondió.
De repente, Damián inhaló profundamente, emitiendo un sonido abrupto y prolongado que hizo que la doctora se estremeciera. De un momento a otro, sus ojos se cerraron y su cabeza cayó hacia atrás con tal fuerza que golpeó la pared, abriéndose una herida sangrante en la parte posterior del cráneo. La doctora soltó un grito ahogado, y de inmediato llamó a dos enfermeros para ayudarla a levantar al corpulento hombre. Entre los tres lo colocaron de nuevo en la cama
y le tomaron los signos vitales mientras intentaban contener la hemorragia. Increíblemente, los signos vitales estaban dentro de lo normal, como si nada hubiera ocurrido. Gracia le suturó la herida, y lo dejaron descansando bajo la supervisión de uno de los enfermeros.
Cuando la doctora y la otra enfermera se preparaban para salir de la habitación, escucharon pasos que resonaban en el pasillo, un sonido firme y pesado que se acercaba. Las dos mujeres se miraron, esperando ver a algún paciente que hubiera salido de su habitación al escuchar la conmoción. Sin embargo, había algo en esos pasos que no se sentía normal, algo que las hizo contener la respiración. Los pasos se acercaban cada vez más, resonando con una fuerza casi sobrenatural, hasta llegar justo frente a la puerta de la habitación. De pronto, el sonido comenzó a desvanecerse, alejándose poco a poco hasta perderse en la distancia.
La doctora Gracia se acercó lentamente a la puerta y asomó la cabeza, mirando hacia ambos lados del pasillo. No había nadie. Solo un vacío inquietante que la hizo sentir una punzada de pavor en el estómago. Al mirar hacia la izquierda, vio cómo una de las luces del pasillo comenzaba a parpadear débilmente. Gracia volvió a mirar hacia ambos lados, tratando de encontrar una explicación lógica. La enfermera que estaba con ella le puso una mano en el hombro, intentando reconfortarla, pero Gracia dio un salto del susto, apartándose bruscamente.
—Lo siento, doctora —dijo la enfermera, visiblemente nerviosa.
La luz dejó de parpadear, y Gracia, recuperando la compostura, salió de la habitación sin decir una palabra. Estaba pálida y respiraba con dificultad. Se dirigió al cuarto de descanso, mientras la enfermera la observaba con preocupación. De repente, un grito sofocado se escuchó desde el interior de la habitación. La enfermera se volteó rápidamente y vio al otro enfermero que había quedado con Damián, con el rostro desencajado, señalando hacia la cama.
Damián estaba sentado, con la misma sonrisa siniestra en su rostro, moviendo la cabeza de un lado a otro como antes, con un gesto perturbador, casi infantil. Parecía disfrutar de la confusión y el miedo que generaba en quienes lo rodeaban. El enfermero González, el mismo que había recogido las pertenencias del extraño fallecido, dio un paso adelante, tratando de mantener la calma.
—No voy a morir esta noche, nadie morirá esta noche —dijo González, intentando imponer autoridad—. Te conocemos, demonio. A mí no me asustas.
La sonrisa de Damián comenzó a desvanecerse lentamente, pero su cabeza seguía moviéndose de un lado a otro, como si se resistiera a detenerse. Luego, de sus labios salieron unas palabras que helaron la sangre del enfermero:
—Estamos muertos.
Damián se recostó suavemente en la cama, cerrando los ojos y quedándose en silencio. La luz del pasillo volvió a parpadear, y González sintió cómo el aire frío llenaba la habitación, llevándose cualquier rastro de cordura con él.
La noche se espesaba por completo, envolviendo el hospital en un manto de sombras pesadas. Afuera, los grillos entonaban su eterna melodía y un búho ocasional lanzaba su lúgubre llamado, pero no eran los únicos ocupando la oscuridad. Nadie se había percatado aún de lo que ocurría en el perímetro del hospital: cerca de treinta perros, venidos de todos los rincones del pueblo, se habían arremolinado alrededor del edificio. No ladraban, apenas se movían. Estaban allí, inmóviles, con los ojos fijos, como si esperaran un espectáculo grotesco o el inicio de algo mucho más siniestro.
En la habitación 224, Maite, dueña de tres de esos perros, sintió su presencia. No sabría explicar si fue el aroma, un sonido, o tal vez algo más profundo e instintivo, pero supo que sus perros estaban allí. Se asomó a la ventana, y sus ojos se encontraron con uno de sus perros, parado en el exterior, mirándola fijamente. A pesar de la debilidad que le provocaba su hipertrofia en el brazo, luchó con la cerradura
hasta que logró abrir la ventana. Los tres perros estaban allí, junto con otros más. Maite los llamó, primero a uno, luego a los otros dos, pero ninguno se movió, ninguno reaccionó; era como si ni siquiera la reconocieran.
En la planta baja, Ramón Aguilar, hipocondríaco y paciente habitual del hospital, escuchó la voz de Maite llamando a los perros y se acercó a la ventana. Trató de abrirla, pero el perro de Maite, sin emitir sonido alguno, mostró los dientes en una mueca salvaje que congeló la sangre de Ramón. Fue suficiente para hacerlo desistir, el recuerdo de su infancia del ataque de un perro volvió como una punzada helada en el pecho. Cerró la puerta de su habitación, intentando alejarse de aquella imagen. Mientras tanto, Maite, desde su habitación en el piso superior, comenzó a escuchar un extraño golpeteo en el suelo, un sonido seco y rítmico que se repetía como si algo golpeara el techo de la habitación de Ramón desde abajo.
Maite agudizó el oído, tratando de descifrar el origen de aquel ruido inquietante. Llamó a Ramón desde la ventana, pero no hubo respuesta. Los golpes se hicieron más fuertes, reverberando en el suelo como latidos de un corazón podrido. Apretó el botón de emergencia para llamar a los enfermeros, temerosa de que algo pudiera estarle sucediendo a Ramón, y también para informarles de los perros afuera. Su nombre era Víctor, el enfermero con barba, el que llegó al cuarto. Todavía llevaba el peso de lo ocurrido con Carmencita en sus ojos, una palidez en el rostro que apenas disimulaba.
—Hay perros afuera —dijo Maite con la voz quebrada, señalando la ventana—. Los vi... están ahí.
Víctor se acercó a la ventana y miró durante varios segundos, su rostro inmóvil. Maite observaba, con el corazón palpitando en sus oídos. Pasaron unos largos instantes, hasta que el enfermero, con un tono neutral y vacío, le dijo que no había nada allí afuera, solo la llovizna cayendo. Maite se acercó para comprobarlo por sí misma: nada. No había ni perros, ni sombras, ni un alma viva afuera. Víctor cerró la ventana y Maite, confusa, intentó convencerse de que quizás
todo había sido una alucinación, una consecuencia de su enfermedad o del medicamento.
Antes de que Víctor se fuera, Maite le pidió que revisara la habitación de Ramón. Él asintió y salió de la habitación sin más. Cuando Víctor cerró la puerta, el golpeteo volvió, más fuerte que antes, dos golpes que sacudieron el suelo y luego, un tercer golpe, tan potente que hizo vibrar la cama de Maite. Sintió cómo el aire se volvía frío de repente, sus pulmones se comprimían y un sudor helado le empapó la espalda. Salió corriendo al pasillo para buscar al enfermero, pero Víctor ya no estaba por allí. Maite se quedó de pie en el pasillo, mirando la puerta de su habitación. No sabía si regresar o escapar del hospital y morir en paz en su casa. Decidió regresar, su cuerpo temblando de pies a cabeza. La habitación estaba en silencio, pero al asomarse por la ventana, un solo perro permanecía frente a ella: su perro, inmóvil, con los ojos clavados en ella, como si la estuviera esperando.
En el mostrador del segundo piso, las enfermeras María Estévez y Rochel Villa conversaban en voz baja. Ambas habían empezado a trabajar en el hospital hacía siete meses, siempre les tocaba el turno nocturno, por ser las más nuevas. Los eventos de esa noche las habían dejado inquietas. Mientras intercambiaban susurros nerviosos, vieron a Víctor pasar por delante de ellas. No dijo nada, no las miró. Sus pasos eran lentos, casi mecánicos, como si no estuviera realmente allí. Bajó las escaleras sin dirigirles palabra alguna, camino a la habitación de Ramón.
—Ahí va el futuro padre de mis hijos —dijo Rochel acerca de Víctor a su amiga María.
Esta le regaló una carcajada y le añadió un — como no se los hagas tú, difícil que tengan hijos—.
Rochel la miró de mala manera, pero con una sutileza de amiga. María le añadió que no tenía ninguna posibilidad ni con Víctor ni con el novio de este quien se encontraba en el exterior estudiando para médico.
Víctor bajó con un andar pesado, cada paso parecía resonar con un eco distante. La planta baja estaba extrañamente desierta, el silencio envolvía cada rincón como un sudario. Al llegar frente a la habitación de Ramón, se detuvo. La puerta estaba entreabierta, y un aire frío salía de la habitación, como si la temperatura hubiera caído bruscamente en ese solo lugar. Víctor empujó la puerta y entró.
La escena que encontró en el interior era inquietante: Ramón estaba sentado en la cama, con los ojos muy abiertos, pero su mirada no tenía vida, sus pupilas dilatadas, perdidas en la nada. Alrededor de la cama, había marcas en el techo, como si algo hubiese estado golpeando desde arriba, hendiduras que parecían hechas por un objeto contundente, o quizás por algo con una fuerza que Víctor no quería imaginar. Se acercó con cuidado, el silencio en la habitación era tan denso que podía oír el latido acelerado de su corazón.
—Ramón —llamó, su voz apenas un murmullo.
El hombre en la cama no reaccionó. Parecía más una estatua que un ser vivo, sus labios secos y entreabiertos. Víctor se inclinó hacia él, sintiendo el frio que envolvía el cuerpo del hombre, y, de repente, Ramón giró la cabeza de forma espasmódica hacia él, sus labios se movieron levemente y un susurro, apenas audible, escapó de su boca:
—¿Acaso nuestra naturaleza inclinada al mal es lo que nos da miedo al mirar al espejo? —dijo Ramón, su voz sonaba distante, hueca, como si no proviniera de su propio cuerpo.
Antes de que Víctor pudiera reaccionar, la puerta de la habitación se cerró de golpe detrás de él. El enfermero se giró, su corazón latiendo frenéticamente. Las luces parpadearon y luego se apagaron, dejándolo en la penumbra con Ramón, que ahora emitía un débil sonido, algo entre una risa ahogada y un lamento. Víctor buscó a en sus bolsillos su linterna, y cuando la encendió, el haz de luz reveló a Ramón de pie, muy cerca de él, su rostro desfigurado por una sonrisa grotesca y sus ojos vacíos, inyectados en sangre.
La linterna cayó al suelo, y en la oscuridad, el sonido de los pasos se acercaba una vez más, pero esta vez, no era uno, sino docenas, resonando a lo largo del pasillo como un ejército invisible que avanzaba, reclamando el hospital.
Las enfermeras María y Rochel, aún en el mostrador del segundo piso, se miraron nerviosas cuando escucharon el fuerte portazo desde abajo. El ruido resonó por los pasillos como si las paredes mismas del hospital se quejaran. Rochel, con la cara pálida, giró hacia María y murmuró:
—¿Qué crees que fue eso?
María no respondió, pero el miedo en su mirada era suficiente respuesta. Intentaron ignorarlo y continuar con su rutina, pero el silencio que siguió al portazo fue aún peor que el estruendo. Un vacío gélido parecía llenar el aire. Ninguna de las dos se atrevía a moverse, como si el más mínimo movimiento pudiera desencadenar algo aún más aterrador.
Mientras tanto, Maite seguía en su habitación, mirando por la ventana a su perro. La expresión del animal era diferente, como si no estuviera realmente allí. Sus ojos, normalmente llenos de vida, eran ahora oscuros y profundos, como pozos sin fondo. Maite sintió un estremecimiento, una sensación de que algo la estaba observando, no solo su perro, sino algo detrás de esos ojos.
De repente, el perro giró su cabeza bruscamente hacia la izquierda, sin apartar la vista de algo invisible en la oscuridad. Maite se inclinó hacia la ventana, tratando de seguir la mirada del perro, cuando una figura alta, delgada y desgarbada emergió lentamente de las sombras del exterior. La criatura no era humana, al menos no del todo. Tenía una silueta humanoide, pero sus extremidades eran demasiado largas, deformes, y su piel parecía quebrarse bajo la lluvia, revelando algo oscuro y viscoso debajo. El perro de Maite se sentó en silencio, como si esperara órdenes. Ella sintió un grito ahogarse en su garganta y retrocedió, tropezando con la cama. La ventana permaneció abierta, y el aire frío de la noche entró en la habitación,
acompañado del aroma a tierra mojada y algo más... algo que olía a muerte.
En la planta baja, Víctor intentaba recobrar la compostura tras lo ocurrido con Ramón. Sabía que lo que había visto no tenía explicación racional. Las luces seguían parpadeando, y cada vez que se apagaban, sentía que algo estaba más cerca, algo que respiraba junto a él, que se movía sigilosamente en la oscuridad. Con las manos temblorosas, recogió la linterna y trató de alumbrar hacia Ramón, pero la cama estaba vacía. No había rastro del paciente.
Un sudor frío empapaba la frente de Víctor. Giró la luz hacia la puerta, con la intención de salir de la habitación, pero ahí, en el umbral, estaba Ramón, de pie, sonriendo de manera inhumana. Sus labios se habían estirado demasiado, hasta un punto antinatural. Su mandíbula parecía desencajada, y sus ojos, hundidos y sin vida, miraban fijamente al enfermero.
—Víctor... —pronunció Ramón, su voz arrastrándose como un murmullo roto—. Todos estamos muertos.
El enfermero se quedó paralizado, con el cuerpo temblando de terror. Ramón dio un paso hacia él, sus pies descalzos haciendo un ruido húmedo contra el suelo, como si pisara algo viscoso. Víctor intentó moverse, pero sus piernas no le respondían. Los pasos de Ramón se acercaban lentamente, como si disfrutara del miedo del enfermero. Víctor logró dar un paso hacia atrás, y luego otro, hasta que su espalda golpeó contra la pared. Su respiración era un jadeo acelerado. Ramón extendió una mano hacia él, y cuando estaba a punto de tocarlo, algo interrumpió el momento.
Un grito. Un grito agudo, lleno de horror, que provenía del piso superior.
De repente, todas las alarmas del segundo piso se activaron al mismo tiempo, incluso aquellas donde no había pacientes. El par de enfermeras, María y Rochel, se miraron entre sí, sus rostros reflejaban una mezcla de incredulidad y terror. Era imposible que todos los pacientes tuvieran emergencias simultáneamente. María


