
Historias para morir
de risa y de miedoHistorias para morir
de risa y de miedo
No se avisa cuál va a pasar primero.No one warns you which one comes first.
¿Qué tienen en común una entrevista laboral donde ladra un perro, una familia que se destruye por culpa de un chat, un alma condenada por haber salvado a alguien, y una abuela viral que caza fantasmas con Vicks y alcoholado?
What do a job interview interrupted by a barking dog, a family torn apart by a group chat, a soul damned for saving someone, and a viral grandma who hunts ghosts with Vicks and rubbing alcohol have in common?.
Tal vez nada. O tal vez todo.
Maybe nothing. Or maybe everything.
Trece cuentos se turnan para desmontar la realidad con una risa amarga o una sombra en la pared. Aquí, el horror no siempre llega con cadenas ni chillidos; a veces viene disfrazado de rutina, como un almuerzo frío, una reunión familiar, o la sensación de que uno no está solo cuando debería estarlo. Y la comedia, lejos de ser alivio, se convierte en una carcajada incómoda que interrumpe justo antes de gritar.
Thirteen stories take turns dismantling reality with a bitter laugh or a shadow on the wall. Here, horror does not always arrive with chains or shrieks; sometimes it comes disguised as routine—a cold lunch, a family gathering, or the sensation that one is not alone when one ought to be. And comedy, far from offering relief, turns into an uncomfortable guffaw that interrupts just before the scream.
Prepárese para leer con la risa atrapada en la garganta. Para sentir que algo se le queda pegado en la piel tras cada página. Para aceptar que ni el horror ni el humor terminan con una historia: ambos persisten, como lo hacen los recuerdos y los fantasmas.
Prepare to read with laughter caught in your throat. To feel something clinging to your skin after every page. To accept that neither horror nor humor ends with a story: both persist, just as memories and ghosts do.
Porque hay cuentos que se leen…y otros de los que no se escapa tan fácil.
Because there are stories you read… and others you can’t escape quite so easily.
Puedes leer el capítulo completo en una ventana de lectura protegida — pensada solo para leer.
You can read the full chapter in a protected reading window — meant for reading only.
“Ser bueno también destruye.”
¿Alguna vez has torturado a alguien que se lo pedía? No hay nada más aburrido. Yo lo hice durante tres siglos seguidos: mismo condenado, mismo grito ensayado, misma culpa exhibida como trofeo. Se revolcaba en el fuego como si le doliera, pero lo disfrutaba tanto que ya no tenía sentido. ¿Dónde está el arte en torturar a un masoquista? Ninguno.
El infierno ya no es lo que era. Antes era un teatro. Un poema de castigo, una sinfonía de culpas. Ahora es más como una oficina pública con olor a azufre y trámites que nadie entiende. Siete niveles de burocracia infernal, todos supervisados por demonios que creen que el verdadero tormento es no alcanzar los KPI de condena mensual.
Yo me llamo Morzathiel, pero aquí me dicen Morza. Porque claro, hasta los títulos demoníacos se han vuelto demasiado largos para los formularios digitales del departamento de Dolor. Es patético.
Llevaba siglos repitiendo lo mismo. Quemar, pinchar, gritar, repetir. Y entonces pensé: ¿y si...?
No es que me haya vuelto blando. No es redención. No es culpa. Es simple aburrimiento existencial. Así que decidí hacer algo diferente. Subir a la Tierra y poseer a alguien, pero no para hacerle daño. No. Para mejorarlo. Para ver si ser bueno, verdaderamente bueno, servía de algo. Spoiler: no.
Pero en ese momento, la idea me pareció lo bastante absurda como para entusiasmarme. Me imaginé a mí mismo corrigiendo a algún humano perdido, guiándolo hacia su mejor versión, recibiendo aplausos celestiales que no necesitaba, y sobre todo, demostrando que el problema no somos nosotros, los demonios. El problema son ellos.
Así que lo hice. Busqué. Observé. Y encontré al peor espécimen posible. Un hombre que era un desastre sin ayuda mía. Auto destructivo, patético, sin motivación ni propósito. Y fue entonces que dije: ese mismo. Lo demás... bueno. Ahora verán.
Lo encontré en un jueves por la tarde. Los jueves ya son tristes por naturaleza, pero él había convertido el suyo en una obra maestra de la mediocridad. Se llamaba... eh... ¿Daniel? ¿David? ¿Damián? No importa. Los humanos insisten en tener nombres como si fueran importantes, pero desde donde yo vengo son como etiquetas de latas oxidadas. Este era un espécimen promedio, aunque particularmente lamentable.
Treinta y seis años. Sin trabajo porque cada uno que encontraba lo perdía de peor manera que el anterior. Una deuda acumulada como si coleccionara castigos financieros. Completamente fuera de forma. Y una habilidad sobrehumana para tomar las peores decisiones posibles sin que nadie lo presionara.
Era perfecto.
Esa noche se había tomado media botella de ron barato, había pedido comida por una app sin verificar la dirección —la comida se entregó en la casa equivocada, obviamente— y estaba llorando por un mensaje no contestado de su ex, a quien él mismo había dejado por “necesitar espacio para encontrarse”. Spoiler: no encontró ni la ducha esa semana.
Me bastaron cinco segundos para decidirme. El cuerpo era flojo, pero servía. La mente, un caos útil. Me metí sin ceremonias. Nada de pentagramas, ni invocaciones, ni poses de espanto. Solo me deslicé por la rendija abierta que él mismo había dejado con cada maldita elección.
La sensación es siempre la misma: un instante viscoso, como entrar a una camisa mojada que huele a derrota.
Y entonces, boom: adentro.
Lo primero que noté fue el olor. Ese tipo tenía el alma fermentada. No metafóricamente: olía a sofá húmedo y excusas mal recalentadas. Él se detuvo. Parpadeó. Miró sus manos. Se rascó la entrepierna. —Me siento... raro —dijo en voz alta. “Claro que sí, imbécil.” Pensé, pero no hablé. No todavía.
La posesión tiene reglas, aunque a nosotros nos importe un carajo. Primero, se adapta uno al cuerpo. Después, se empieza a operar desde adentro. Y luego, si uno quiere joder... bueno, habla.
Yo no vine a joder. Vine a mejorarlo. A levantarle la autoestima, a sacarlo de la cueva existencial donde se había metido. Spoiler: no duré ni cinco minutos antes de querer prenderle fuego.
Sí, ya sé. Digo muchos spoilers. Es que ustedes los humanos se creen que lo saben todo, pero no saben un carajo. Nada. Cero. Ni siquiera entienden bien sus propios sueños, y aún así están ahí, todo el tiempo, tratando de descifrar la película antes del final como si fueran malditos críticos de cine existencial.
—¡Imbécil! Solo quedan unos minutos para que lo sepas, deja de pensar y disfrútala. — Pero no. Tienen que estar susurrando teorías a mitad de camino. “Ay, yo creo que él está muerto desde el principio.” “Ay, ella es la asesina.” “Ay, el perro es un demonio.” —Mierda, cállate. Deja que se acabe. —
Bueno, este imbécil no era diferente. El tipo se despertó al otro día con una resaca del tamaño del karma y un sabor en la boca que yo diría que era arrepentimiento mezclado con cartón húmedo. Se miró al espejo con cara de “¿quién carajo soy?” pero ni siquiera tuvo la decencia de preguntarse algo útil como “¿cómo llegué a este punto?” No. Puso música triste. Se sirvió cereal sin leche y un vaso plástico con ron barato. Y se sentó en calzoncillos a ver videos de motivación en YouTube. Videos de motivación. Con música instrumental de fondo y frases como “La vida no te define, tú defines la vida.”
Yo, adentro, quise vomitar. No se puede vomitar desde el plano etéreo, pero lo intenté con todas mis fuerzas. Aun así, me aguanté. Yo había venido para ayudar. Así que le metí una idea. Una suave. Nada dramático. Solo una vocecita interna, tipo intuición.
—Deja de beber —le susurré, como si fuera su conciencia, lo que claramente no tenía.
El tipo parpadeó. Miró el vaso. Se levantó. Y lo botó. Yo sonreí. Por primera vez en siglos, sentí algo parecido a orgullo. A los quince minutos, pidió un whisky por UberEats porque el ron se había dañado. Y cuando lo entregaron, le dejó propina al repartidor con monedas pegajosas sacadas de debajo del microondas. Qué nivel de miseria moral.
—Perfecto —dije en voz alta, esta vez sí dejándome escuchar—. Este va a ser un proceso más largo de lo que pensé.
El cabrón se miró al espejo de nuevo.
—¿Estoy escuchando voces?
—Sí, idiota —le respondí—. Y esta tiene mejor dicción que tú.
—Ok, suficiente —dije. Y no lo pensé dos veces.
Tomé el control del cuerpo mientras el muy huevón dormía la siesta más miserable que he visto desde que Judas se quedó dormido frente a la puerta del infierno. Empecé con lo básico: recoger ese apartamento que parecía un cruce entre una licorería saqueada y una cueva de oso deprimido. Tiré seis botellas medio vacías. Tres de ellas todavía tenían cigarrillos flotando dentro. Había platos con salsa seca desde el pleistoceno y un túper con arroz que había comenzado a evolucionar hacia algo con derechos civiles. Limpié. Lavé. Ventilé.
Luego abrí la laptop, actualicé su currículum —que, honestamente, era una declaración oficial de incompetencia— y lo mandé a cinco empleos decentes, uno de ellos en una librería, porque hasta yo tengo un poco de romanticismo infernal. Envié mensajes educados a dos personas que él había bloqueado por orgullo estúpido y le confirmé una cita médica que había ignorado por meses.
Después, lo hice estirar. Sí. Estirar. El cuerpo crujió como si estuviera doblando una enciclopedia húmeda. Cuando despertó, no supo ni dónde estaba. Miró alrededor con la cara de un hombre que cree que ha sido secuestrado por una secta de orden y responsabilidad.
—¿Quién limpió?
—Yo.
—¿Quién eres?
—Tu parte funcional, cabrón. Y no durará mucho si sigues comiendo fideos de microondas con queso rallado en polvo.
Se levantó. Caminó en círculos. Miraba el piso como si acabaran de asfaltar su alma.
—No me siento yo.
—¿Y tú quién carajo crees que eres? —le respondí—. Un monumento a las malas decisiones, un altar a la procrastinación, una oda al fracaso sin estilo. Créeme, no sentirte tú es lo mejor que te ha pasado en años.
Se quedó callado. No dijo nada. Pero me miró en el espejo con esa expresión tonta que tienen los humanos cuando creen que están viviendo un sueño lúcido.
—¿Estoy poseído?
—Sí.
—¿Por un demonio?
—Uno con buen gusto. No me hagas arrepentirme.
Una semana después, el idiota tenía abdominales. No marcados, claro, pero presencia abdominal. Lo suficiente para que empezara a tomarse selfies sin camiseta cada vez que entraba al baño, como si fuera el primer homo sapiens en descubrir su propio torso. Y todo eso gracias a mí.
Fui yo quien lo obligó a correr. Yo quien lo hizo dejar los energizantes azucarados y los cereales con nombres infantiles. Yo quien lo registró en un gimnasio de barrio donde los espejos no estaban ahí para reflejar cuerpos, sino para recordar traumas.
La primera vez que trató de hacer flexiones, sonó como si estuviera desenterrando huesos. Pero aguantó. Porque yo no lo dejé parar. Cada vez que flaqueaba, le gritaba desde dentro.
—Vamos, carajo. No te vas a morir haciendo treinta abdominales. Ya estuviste más cerca de la muerte comiéndote ese sándwich con mayonesa vencida, y bien que lo disfrutaste.
También lo hice ir a terapia. Sí, a terapia. No con uno de esos coach de Instagram que dicen “eleva tu energía” mientras te cobran por respirar. No. Con una terapeuta real, seria, de esas que te destruyen emocionalmente sin levantar la voz.
Al principio, no quería hablar. Se cruzaba de brazos, decía “estoy bien”, y sonreía como un imbécil. Yo lo forzaba a soltar una verdad por sesión. Solo una. Lo justo para abrir una grieta.
Funcionó. Después de la cuarta sesión, lloró. Después de la sexta, dejó de buscar validación en los likes. Después de la octava, empezó a hablar como si entendiera la vida.
Y ahí fue cuando todo se fue al carajo. Porque el muy cabrón se acostumbró a sentirse mejor. Y eso, en lugar de hacerlo humilde, lo hizo insufrible. Dejó de hablarme. Ya no escuchaba mis consejos. Cada vez que intentaba guiarlo, me ignoraba como si fuera una voz cualquiera. —Gracias, conciencia —decía en voz alta—. Ya lo tengo bajo control. Conciencia. ¡Conciencia! Después de todo lo que hice por él. Después de limpiarle el desastre existencial que era su vida. Después de aguantar su olor, sus traumas, sus playlists de reguetón triste.
El idiota ahora se creía un gurú. Daba consejos a sus amigos. Publicaba frases propias con fondo de atardeceres robados de Google. Empezó a hablar de “frecuencias” y “alineación emocional”. Una vez lo escuché decir: —La verdadera oscuridad está dentro de ti. Yo la he vencido. Yo. La he vencido. ¡Él! Yo, el demonio que lo arrastró a la terapia, que le salvó el hígado y la dignidad, ahora era tratado como si fuera una manchita en su evolución.
Y ahí entendí algo. Ser bueno no lo había salvado. Solo lo había hecho más cretino. Lo perdí. Así, sin drama. No fue un exorcismo ni un ritual. No hubo agua bendita, ni una vieja gritando “¡sal de este cuerpo, criatura del mal!”. Simplemente me dejó de escuchar. Me apagó. No del todo. Sigo aquí, claro. Atrapado en un rincón de su cabeza como una pestaña metida en el ojo del alma.
Él ya no se llama como antes. Cambió su nombre. Ahora se hace llamar “Dael”, con “e”. Dice que significa “luz del crecimiento” en un idioma inventado que él mismo jura que soñó durante una meditación. Tiene seguidores. Muchos. Gente rota, crédula, hambrienta de dirección. Lo miran como si tuviera la verdad tatuada en el pecho.
Yo, que sí conozco la verdad, no puedo ni toserle en el subconsciente. Tiene libros. Podcasts. Retiro espiritual con cabañas sin wifi. Y un perro.
¡Sí, un perro!
Lo adoptó para mostrar que “todo ser merece amor”, pero lo usa como accesorio emocional. Le puso “Karma”, porque claro, los nombres de los perros ahora tienen que tener significado espiritual. Cada vez que el perro ladra, lo toma como una señal del universo. Yo lo tomo como un intento de insulto personal. Lo intenté todo. Le grité en sueños. Le hice tener terrores nocturnos. Una vez lo forcé a recordar a su ex justo antes de entrar en vivo a su livestream. ¿Y sabes qué hizo? Lo convirtió en contenido. Lo compartió.
—A veces el pasado vuelve, pero solo para mostrarnos cuánto hemos crecido —dijo, con esa sonrisa tibia que se practica frente al espejo.
¡Estúpido! Yo bajé del infierno para ayudarlo. Yo lo salvé de su propia estupidez. Y ahora él se cree iluminado. Me robó el crédito y lo convirtió en marca personal.
Y ahí lo entendí. Mi error no fue haberlo poseído. Fue haber intentado mejorar algo que estaba diseñado para autodestruirse. Porque la verdad es esta: algunos humanos no necesitan demonios. Se bastan solos. Pero si los ayudas... si los sacas del fondo... si los llevas a la luz… Te conviertes en sombra. Y ellos no miran hacia atrás.


